Desde noviembre, los agricultores de maíz mexicanos se han estado manifestando, con los ganaderos y los transportistas uniéndose a sus manifestaciones conforme pasaban las semanas y no se llegaba a ninguna conclusión en las negociaciones. Las razones por las que se manifiestan de esta manera son distintas, pero, en conjunto, evidencian las consecuencias del lento colapso sistémico de México. Asimismo, la chispa que encendió la crisis indica que el país se encamina hacia una crisis de grandes proporciones. Siendo el sector agrícola el primero en quebrarse bajo la presión.
Dadas las circunstancias actuales y la complejidad del panorama agrícola mexicano, es necesario comprender el trasfondo de esta crisis, dividiéndola en dos dimensiones: una socioeconómica e institucional y otra geopolítica. Solo así podremos ver qué ocurre realmente en México y la profundidad de la problemática.
El declive del campo mexicano: La lenta muerte de un sacrificio
El campo mexicano fue sacrificado de dos formas. Una es por razones políticas, o mejor dicho, geopolíticas, y la otra, por razones económicas. En el ámbito geopolítico, dos elementos resultan cruciales. Una es que todos los países siguen una tendencia clara a lo largo de los ciclos geopolíticos; en este caso, nos centraremos en el regionalismo. La segunda es que, en el caso mexicano, esto coincidió con el inicio de la construcción del régimen posrevolucionario.
Primero, inicio la etapa con el desplome imperial y las regiones resurgen con fuerza bruta destruyendo cualquier fuerza político-militar que intenta mantener al imperio vivo. En el caso de los procesos independentistas, se crea el país, aunque no necesariamente un Estado sólido, ya que este resulta sumamente endeble. Después siguen varias décadas de guerra entre ciudades-Estado, regiones-Estado, pueblos-Estado o incluso tribus-Estado, cada una buscando consolidar una realidad geopolítica que se apegue más a sus intereses locales o a los de su comunidad estatal. Con el tiempo, puede que surja un Estado dominante, en particular una coalición de regiones que, en ocasiones, puede ser liderada por una ciudad-Estado. Después se construye una economía para asegurar el enriquecimiento y, de ser necesario, la modernización. También resulta útil construir la infraestructura que conecte las regiones, creando una órbita geoeconómica que refuerza al Estado central —región o ciudad—. Luego viene el período de construcción nacional, durante el cual se forja la semblanza de una nación para reforzar el poder del Estado central, período en el que llega al poder Lázaro Cárdenas.
Con la Ciudad de México como la ciudad-Estado predominante y la economía creada bajo el Porfiriato, era necesario pasar a la siguiente etapa de desarrollo geopolítico. Algo de lo que los liberales neoporfiristas, como Plutarco Elías Calles, eran incapaces. Esto coincidió con los procesos en los que se registraron movilizaciones sociales importantes, por lo que el ámbito sociopolítico también reflejó la tendencia geopolítica durante el período. Claro, todo esto ocurre dentro del panorama mexicano, lo que implicó que tendría sus particularidades, lo cual influyó en la creación del régimen posrevolucionario.
Cuando Lázaro Cárdenas comenzó a dar forma a su régimen, tuvo que forzosamente tomar decisiones que perjudicarían al país en el ámbito socioeconómico, pero fortalecerían al régimen en el ámbito político. La reforma agraria, como escribe Schettino (2016/2023), se materializó más bien con fines políticos y, en el plano económico, fue un desastre. Pero fortaleció al régimen al establecer nexos con los grupos de poder locales en diversas partes del país. La forma en que se implementó la repartición agraria sentó las bases para lo que, con el tiempo, desgastaría al campo en materia administrativa y de productividad económica. Simplemente se daban terrenos sin dejarles a los agricultores las herramientas ni el conocimiento con los que explotar las tierras al máximo. Sin embargo, los grupos de poder vinculados al Estado central —el gobierno federal en el caso contemporáneo mexicano— se fortalecieron.
Aunque el desgaste económico comenzó durante el mandato cardenista, en realidad se disparó en las décadas siguientes. Durante el período entre 1936 y 1965 se utilizó el campo mexicano para generar las ganancias financieras necesarias para alimentar el crecimiento económico, pero en particular la urbanización y la industrialización, por lo menos a mayor grado que la del Porfiriato, ya que, durante el primer esplendor industrial mexicano de la época porfiriana, solo el aproximadamente el 30% de la población formaba parte de la economía urbana (Schettino, 2016/2023). Asimismo, se utilizó la política económica de sustitución de importaciones, que buscaba proteger a las industrias frente a la competencia, pero que redujo la productividad y las ganancias.
Eso, sumado al hecho de que, dado que la industria es inexistente,
“[…] lo [único] que hay es el sector primario, y de él tienen que salir los recursos para industrializar. Dicho de otra manera, cualquier proceso de industrialización es, a la vez, un proceso de deterioro del sector primario, específicamente del campo, pues exige extraer de éste recursos, tanto de mano de obra como de capital, para poder construir la industria”. (Schettino, 2016/2023)
Por ello, se emplearon diversas medidas para atraer la inversión y la mano de obra a las ciudades y, por ende, a la industria. Lo que, con el tiempo, degradó al campo en 1965. Por ende, tanto por razones geopolíticas como económicas, el campo fue sacrificado. Nunca se invirtió adecuadamente para realmente inyectar vida al campo mexicano, ni dinero ni con migración para mano de obra, ni con tecnología e innovación. Claro, hubo casos de éxito porque, en efecto, hay productos que sí lograron modernizar y exportar de forma eficiente, algo que Schettino (2018) identificó cuando se comenzó a hablar de inseguridad alimentaria en México, argumentando que no existía, a partir de la evidencia de la productividad a partir de la cantidad exportada en comparación con lo importado. Sin embargo, existía un problema de fondo en México: la falta de productividad de otros sectores y la modernización carente seguían agobiando al campo.
Un campo de maíz en México bajo un cielo nublado (crédito: Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural).
La crisis actual: Crisis externas y fin de subsidios
Los problemas estructurales en México generaron una vulnerabilidad en el país, siempre a la espera de cómo impactarían las crisis externas. Como cabía esperar, el fin de la Guerra Fría este 2025 iba a tener un impacto en el país, sobre todo porque involucra a Rusia y Ucrania. Ambos son importantes exportadores de aceite de girasol, fertilizantes y combustibles. Esto, en gran parte, ha contribuido a lo que escribe Mares (2025), “[…] los costos de producción agrícola se han incrementado más de 46% en los últimos cinco años, mientras que los precios internacionales de los granos maíz, trigo y soya han caído entre 30 y 50% desde los máximos de 2022.” Pero en el ámbito mexicano, existe algo adicional.
Durante un ciclo de regionalismo, predomina el sistema de coexistencia —o convivencia—, lo que implica que todos los regímenes y gobiernos creados en estos ciclos fungen en torno a objetivos primordialmente políticos, priorizando la convivencia con diversos grupos de poder no estatales o aceptando ciertas realidades económicas desfavorables, como la desigualdad regional o la esclavitud —en algunos casos históricos—. La eficiencia es secundaria.
El sistema funcionó como maravilla durante el siglo XX, período durante el cual alcanzó su apogeo al crear un Estado central más fuerte e incrementar su poder y su presencia territorial, ambos antes limitados. Pero con el tiempo, el sistema se ha desgastado, revelando sus quiebres y cómo está desgastando al país. Ha alargado la seudoguerra civil en México, creando inmensa inseguridad nacional y pública, deteriorando las instituciones —algunas de las cuales alguna vez mantuvo en pie— y ahora la economía. Para sobrevivir, este sistema le ha apostado a un modelo presupuestario que, en efecto, lo ha ayudado a empoderarse. Pero el campo sufrió porque no se priorizó la eficiencia económica, sino la convivencia para crear un gobierno federal más poderoso. Es así como todo resultó en una cruel ironía: el éxito del sistema de convivencia mexicano ha destruido lo que quería fortalecer: el gobierno federal y la nación mexicana.
Pero el desgaste presupuestal y económico que ha provocado el sistema de convivencia mexicano amenaza ahora su propia supervivencia. Muchas políticas dirigidas al sector fueron abandonadas y los subsidios se han reducido recientemente porque no hay dinero. El modelo presupuestario, llevado a extremos, ha provocado la quiebra de las finanzas públicas.
Soluciones temporales fuera de la vista
Las soluciones implicarían un revés absoluto del modelo económico y presupuestario nacional. El viejo sistema funcionó y logró lo que tenía que lograr en el siglo XX, pero su desgaste comienza a perjudicar al país. La siguiente etapa de desarrollo institucional y económico, como cabría esperar por el inicio de un ciclo de centralismo geopolítico, será crear un sistema tecnocrático en el que la eficiencia y las credenciales importen más que la mera convivencia.
La reducción de los subsidios se debe a la falta de recursos o a la concentración de los recursos, principalmente el capital, en los aparatos económicos destinados a sostener el viejo sistema. La reducción de los precios internacionales no se detendrá y los costos operativos en el campo no disminuirán, porque el Sistema Internacional todavía no se ha ajustado a la nueva realidad; posiblemente, para cuando lo haga, la crisis ya habrá estallado en México. En el pasado, modelos presupuestarios y económicos similares —aplicados por diversas razones— provocaron graves crisis financieras, en particular de deuda, en 1976, 1982 y 1995. Cabe destacar que los gobiernos que implementaron estos modelos eran distintos en varios sentidos, por lo que no se trata de un problema ideológico o partidista, sino sistemático.
Asimismo, México requerirá elevadas sumas de inversión en el campo para generar una mejora generalizada y no focalizada que genere desigualdad de oportunidades, como hizo la reforma agraria dadas las circunstancias geopolíticas mexicanas del momento. El problema es que las inversiones extranjeras han disminuido y tanto el gobierno federal como el sector privado mexicano carecen del capital disponible para invertir. México, en otras palabras, no tiene forma de financiar su economía, sus mejoras ni sus proyectos.
El primero en quebrar: ¿Cuál sigue?
El sector agrícola, en particular los agricultores de maíz, fue el primero en quebrar. Sin embargo, también se han sumado los granaderos, lo que lo convierte en un problema del sector agropecuario en su conjunto. Así como los transportistas. Las fisuras ya se están mostrando en México porque el viejo sistema está quebrándose bajo su propio peso. Varios otros sectores también están quebrando por diversas razones, todas ligadas a las afectaciones del sistema de convivencia en México. Por ahora, aunque algunos, como el sector salud, hayan entrado en crisis, todavía no ha quebrado al grado del agropecuario ni del transportista. El sector militar, en específico los altos mandos retirados, estaba a punto de quebrar, pero la situación se resolvió rápidamente, aunque parece que quedan asuntos sin resolver.
Sin embargo, en lo general, la trayectoria actual no puede sostenerse, ya sea económica o políticamente. México tendrá que transformarse y reconfigurarse por completo si busca salir de la crisis. No obstante, el dilema mexicano no se resuelve con un simple cambio de rumbo interno; el país depende de la inversión extranjera, lo que también implicará un cambio drástico en su relación con el Sistema Internacional, en particular con Estados Unidos.
Referencias
Mares, M. A. (2025, 28 de noviembre). Crisis en el campo. El Economista. https://www.eleconomista.com.mx/opinion/crisis-campo-20251028-783819.html
Schettino, M. (2018, 22 de agosto). Dejen el campo. EL CATO. https://www.elcato.org/dejen-el-campo
Schettino, M. (2023). Cien años de confusión: La construcción de la narrativa que legitimó al régimen autoritario del siglo XX. Ciudad de México: Paidós (Obra original publicada 2016).


