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¿Es Xi el Mao del siglo XXI?

Dos caras de la misma moneda

Ante una serie de dificultades económicas y un contexto geopolítico regional en deterioro, Xi ha tenido que asumir una postura más autoritaria y represiva.

Por: Andrés Alejandro Araujo Bermúdez

Por: Andrés Alejandro Araujo Bermúdez

Tabla de contenidos

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Después de un siglo de experimentar continúa inestabilidad, guerras internas e intervenciones extranjeras como la invasión japonesa de 1937, Mao Zedong – tras asumir el control del Partido Comunista de China (PCC, partido o partido comunista) en 1943 y reforzar su liderazgo al volverse presidente del país en 1954 – se destacó en la historia china como la fuerza político-militar que trajo estabilidad a China mediante una brutal represión, la cual se manifestó en eventos como la Revolución Cultural (1966-1976), y con cuantiosas purgas políticas entre las filas de la élite comunista. Posterior al reinado de terror de Mao, Deng Xiaoping llegaría a la cima del partido comunista, similar a como Mao había instalado a seguidores dentro de importantes posiciones y estructuró el sistema político comunista chino, Deng implementó reformas para reestructurar el sistema y cambiar su orden político. Pero lo más destacado de Deng fue el hecho de que se distinguió como la figura histórica que reformó sistemáticamente a China para que el país pudiera entrar a la economía mundial y se industrializará a un ritmo acelerado.

Ambos líderes fueron de los únicos dos políticos capaces de recabar tanto poder sobre el partido y China como tal, pero ambos servían un propósito geopolítico para la nación asiática. Mientras Mao estabilizó y unió a China, Deng la fortaleció económica y tecnológicamente. Uno necesitaba terminar con la inestabilidad que vulneraba al país y facilitaba intervenciones extranjeras y el segundo necesitaba crear el poder material con el que China pudiera defenderse de estas fuerzas extranjeras. Aunque la unidad nacional fuera sólida, de no tener la capacidad industrial o tecnológica, el país seguiría siendo presa fácil de ejércitos modernizados e industrializados.

Esto nos trae a la actualidad, con el tercer líder más poderoso de China, el único que, desde Mao y Deng, ha podido asumir el control cuasi total del partido y del país: Xi Jinping. ¿Pero cuál es el propósito de éste nuevo líder todopoderoso de China? Con su entrada a la economía internacional y lo que se convirtió en su proceso de rápido crecimiento económico y desarrollo industrial de China, el país necesitó asumir un nuevo objetivo nacional. Generar la prosperidad necesaria para legitimar la continuidad del PCC en el poder y así mantener en pie los logros de los dos anteriores líderes chinos (mantener la estabilidad, unidad y poder nacional). Pero Xi se enfrenta a un grave reto simultáneamente económico y político que atenta contra dicha estabilidad doméstica.

El fin del crecimiento económico acelerado de China presenta un cambio fundamental en la economía china y la base que sostenía la generación de la riqueza necesaria para mantener la estabilidad nacional. La apertura de China tiene un claro antecedente histórico con la apertura al mundo con la llegada de los europeos a China y lo que serían las Guerras del Opio. Por ende, Xi tiene que lidiar con una China que se encuentra en un punto de inflexión histórico en cuanto a su desarrollo económico y político en el siglo XXI. Es en base a este panorama doméstico que podemos analizar el por qué el presidente chino se ha vuelto más autoritario y represivo, lo que ha llevado a que sea definido como el Mao del siglo XXI.

Pintura de Edward Duncan del barco de vapor de hierro Némesis de la Compañía de las Indias Orientales, comandado por el teniente W. H. Hall, con barcos de Sulphur, Calliope, Larne y Starling, destruyendo los juncos de guerra chinos en la Bahía de Anson, el 7 de enero de 1841 (National Army Museum vía Wikimedia Commons)

Entre apertura y aislacionismo

La última ocasión que China se abrió al mundo fue por obra de los europeos quienes buscaban aprovechar las ganancias que se podían hacer al comercializar con China. En un principio este comercio fue rígidamente regulado y benefició a la dinastía Qing (la última dinastía en China), que gozaba de un superávit comercial con los europeos, pero estos buscaron revertir el superávit comercial por medios ilegales mediante la venta de opio (Botton, 2022). Esto generó fricciones entre el gobierno central y las potencias extranjeras.

Aunado a esta fricción, se estaba materializando una economía china caracterizada por dos polos de atracción, uno económico y otro político. El económico era el capital extranjero, después de comercializar con los europeos por varios años, las élites y las ciudades ribereñas chinas pronto crearon importantes lazos financieros con las potencias europeas. Como resultado, las ciudades ribereñas tenían más interés en comercializar con los europeos que pagar impuestos a Pekín (Friedman, 2010). El otro polo era el gobierno central, que necesitaba asegurarse de controlar las interacciones comerciales rigurosamente y mantener unido al país. Con tal de lograr esto, el gobierno chino necesitaba redistribuir la riqueza – mediante impuestos a la costa – para equilibrar la balanza socioeconómica entre la costa y el interior, algo que se volvió más importante dado el aumento en la desigualdad entre ambas regiones con la apertura comercial con Occidente. Consecuentemente el gobierno central intentó retomar el control mediante iniciativas políticas agresivas y, por ende, se terminó volviendo un problema para las ciudades de la costa y las potencias extranjeras, que en consecuencia de la respuesta gubernamental al comercio del opio decidieron irrumpir por la fuerza. Después de varios años de comercializar las ciudades costeras chinas preferían a las potencias extranjeras que al gobierno central chino (Friedman, 2010).  

Peor aún, la apertura comercial se sumó a una serie de problemas económicos y desastres naturales que desestabilizaron más al país. Esto ocasionó múltiples revueltas y revoluciones que provenían del interior, no de la costa (Botton, 2022). (Algo que se asemejaba con el ascenso del partido comunista, el cual obtuvo más poder y éxito cuando fomentó la revolución comunista en el interior de China a diferencia de cuando Mao lo intentó en la costa (Friedman, 2010).) Por ello, la solución de Mao fue aislar a China del comercio internacional cuando llegó al poder, ya que la apertura había originado o empeorado los problemas sociales y políticos del país.

Pero tras la muerte de Mao, los líderes de China tomaron la decisión de apostar a favor de que el país puede interactuar económicamente con el mundo exterior y mantener un gobierno fuerte que pueda mantener el control y la unidad nacional (Friedman, 2010). Sin embargo, el milagro chino no estaba destinado a durar, el rápido crecimiento económico de China acabó como lo ha hecho para otros países (Friedman, 2021). Esto ha producido un grave dilema para Xi, quién aseguró un tercer mandato en 2022 y gobierna China en sus últimos años de su famoso crecimiento económico acelerado. Similar a como antes la apertura había generado rivalidad entre élites de la costa y sus ciudades con el gobierno central, nuevamente vemos una rivalidad.

Xi Jinping en una conferencia de prensa en el Gran Salón del Pueblo en Pekín durante el pronunciamiento de su tercer mandato como Secretario General del Partido Comunista Chino en octubre del 2022 (Fuente: Xinhua)

El objetivo nacional de la nueva apertura iniciada por Deng, que se dio a la par de la conversión de China en la fábrica mundial para reemplazar a Japón, depende estrictamente de que el rápido crecimiento económico generé suficiente capital como para sustentar una redistribución por parte de Pekín sin que las ciudades costeras presenten alguna resistencia. El rápido crecimiento a base de la exportación de bienes a bajo costo logró producir el capital que necesitaba China para mantener este sistema funcionando. Pero su fin, ha traído consigo serias dificultades para continuar redistribuyendo el dinero sin engendrar fricciones. Desde el 2023, China se enfrenta: a una alta tasa de desempleo, salida de capital y de industria, una baja en las exportaciones y los ingresos de las mismas, un grave problema inmobiliario, una disminución al ritmo de construcción (incluso se han impuesto altos a importantes proyectos de infraestructura) y una preocupante deuda pública que aumenta tanto por las iniciativas fiscales y gasto público del gobierno central como de los gobiernos regionales (He & CNN, 2024; Washington Post, 2024; Lubin, 2024).  

Peor aún, Liu (2024), columnista de la revista Foreign Policy, comenta que el problema económico que afronta China no se podrá resolver por medio de las exportaciones, en especial porque el consumo interno ha disminuido. El dilema para China es que en las últimas décadas no pudo generar la suficiente riqueza como para dejar de depender de las exportaciones y comenzar a depender de su consumo interno.

Este dilema económico para Xi complica su posición en el poder. La rivalidad dentro de China por el deterioró de la situación económica no es clara a simple vista, pero existen indicios de que Xi reconoce los peligros que se asocian. Es por eso que Xi ha tomado decisiones que para muchos son auto-perjudicantes y han debilitado al país económicamente, pero que especialmente lo asemejan con Mao (Caruso-Cabrera, 2023; Washington Post, 2024). Xi ha comenzado a intervenir con fuertes represalias contra críticos y diversos empresarios como figuras políticas y militares en el país (Araujo, 2024; Caruso-Cabrera, 2023). Las empresas chinas también han comenzado a establecer sus propias milicias, llamadas los Departamentos de las Fuerzas Armadas Populares, para contrarrestar cualquier posible disturbio civil en el país, una táctica que no se utilizaba desde la época de Mao en la década de 1970 (He & CNN, 2024). Estas acciones han llevado a que muchos cataloguen a Xi como la raíz de las dificultades económicas de China. Si Xi se encontrará seguro y tuviera fe en que el crecimiento económico acelerado se fuera a mantener o que el sistema político-económico nacional pudiera sostenerse posterior al milagro económico, no habría tomado decisiones tan drásticas.

En síntesis, Xi ha realizado acciones políticas que perjudican al sector privado (el cual se ha vuelto dependiente de potencias extranjeras para sus ganancias) y contra las élites políticas y militares (entre las cuales pueden existir resentimientos hacia Xi por generar los actuales problemas macroeconómicos del país). Tomando así, acciones similares a las que tomó la dinastía Qing cuando intentó retomar el control de la situación generada por el comercio con Occidente en el siglo XIX o implementado iniciativas políticas, económicas y militares como las de Mao para estabilizar al país. Xi Jinping no tiene confianza del sector privado o del partido y eso lo ha demostrado al buscar imponer nuevamente la voluntad del gobierno central, al realizar purgas y al incrementar su papel en el sector empresarial (Caruso-Cabrera, 2023; Araujo, 2024).

Aunque esto ha llevado a que muchos culpen a Xi de las complicaciones económicas del país por sus acciones, y ciertamente tiene su grado de responsabilidad, esta dinámica político-económica era inevitable. Por un lado, el crecimiento acelerado de producción y exportación solo dura algunas décadas y, por el otro, las aperturas de China a la economía mundial siempre han generado estas fricciones entre la costa y la capital al igual que entre China y Occidente (Friedman, 2010). Xi Jinping ha tenido que asumir el control de la misma manera que lo hizo Mao Zedong para poder controlar una situación que se ha deteriorado en los últimos años y continuará empeorando. Deng tuvo que asumir el control de la misma forma para poder imponer sus reformas y transformar la economía china, pero Xi se encuentra ante un dilema diferente al que Deng enfrentó, se encuentra ante un escenario que amenaza la estabilidad y cohesión política nacional.

Foto de la bandera de la República Popular de China ondeando en el aire (axz66 de Getty Images vía Canva)

La necesidad del nacionalismo

Sumado a estos dilemas es importante reconocer un hecho fundamental de la China actual: el fin del comunismo. Las enormes disparidades y los dilemas socioeconómicos que se habían generado durante el siglo XIX, que se sumaron a la apertura china y las intervenciones extranjeras del siglo, fueron un importante factor en el surgimiento del comunismo como una fuerza política dominante, específicamente al interior de China. El comunismo funcionó como el pegamento ideológico-social que mantuvo unida a la población en medio de las guerras y las invasiones. Era necesario fomentar una ideología que uniera a la población para así usarla de base para poder materializar la unidad política que necesitaba el país para poder estabilizarse y unificarse.

Sin embargo, aunque el comunismo pudo fomentar la unidad nacional, no pudo crear una China económica y materialmente fuerte. Es por eso que Deng, en contra de los objetivos económicos del comunismo fomento reformas económicas cuyo propósito fue crear un sistema pseudo-capitalista que pudiera enriquecer a China, pero mantener a un gobierno central fuerte que pudiera mantener controlada a la nación y sus diferentes centros económicos, de ahí la continuidad del partido comunista en el poder, a pesar de las reformas (Friedman, 2010; Wei, 2023).

Solo que este nuevo sistema económico y la riqueza que estaba produciendo, especialmente para ciertos grupos, llevó a la necesidad de crear otra fuerza ideológica que no desprestigiara el nuevo sistema económico, funcionara para mantener la unidad nacional intacta y que pudiera ser utilizada por el gobierno para justificar su autoridad. Consecuentemente, el gobierno chino tuvo que fomentar el nacionalismo chino para mantener su legitimidad política (Friedman, 2010). El problema para el gobierno chino recae en que el nacionalismo siempre necesita a un enemigo en tiempos de crisis. (Durante el rápido crecimiento económico el antagonismo político no era necesario, ya que el país no necesitaba un enemigo que reflejará el origen de sus problemas.)

Pero conforme habían señales de que el milagro chino acabaría pronto y de que comenzarían a haber ciertos problemas para el país, Pekín necesitaba cambiar el discurso. Esto generó la necesidad de empezar a fomentar un nacionalismo antagónico y pintar a Occidente como el enemigo, debido a que necesitaban poder culpar a alguien por los problemas económicos (Friedman, 2010). Esta retórica nacionalista se manifestó con discursos antioccidentalistas y jingoístas, como la reintegración completa de Taiwán a la República Popular de China. Además, este nacionalismo chino ha promovido una retórica en contra del status quo mundial y se ha manifestado de otras formas como la ‘diplomacia de lobo guerrero’, una forma de hacer diplomacia de manera antagónica hacia Estados considerados oponentes o rivales de China. El resultado fue un distanciamiento con sus principales compradores y vecinos. Así mismo, no solamente son los malestares económicos que han generado una necesidad de que China fomente el nacionalismo. El país también se encuentra ante un panorama regional desalentador. En términos geopolíticos, el país necesita asegurar un acceso continuo a sus compradores, no puede depender de la buena voluntad de otros Estados o en el compromiso de estos por mantener las vías comerciales marítimas abiertas a su comercio bilateral o multilateral. La dinámica geopolítica puede cambiar profundamente dentro de 40 o 50 años y es el deber de los estadistas chinos preparar a su nación para cualquier evento geopolítico o económico hipotético, lo que conlleva a la necesidad de planear tomar control total de Taiwán y el Mar Meridional Chino.

Cada país busca lograr sus objetivos geopolíticos conforme las capacidades con las que cuenta y el gigante asiático no es la excepción. China al incrementar su poder económico, industrial y tecnológico, pudo y tuvo la necesidad de comenzar a planificar tomar el control de áreas geopolíticas próximas de su interés. El inconveniente para China, y aquí es donde nos adentramos en un análisis político y de los individuos en poder, es que esta dinámica fue sumamente entremezclada con el ascenso de su identidad nacionalista y con un carácter político jingoísta. Consecuentemente, como resultado del ascenso del nacionalismo chino, Xi Jinping asumió una postura agresiva hacia los países del Mar Meridional Chino y una postura diplomáticamente hostil. En cambio, esto ha llevado a que otros países vean a China como una amenaza a la seguridad y paz regional. Pero su punto de vista del mundo no es irracional, es solo cuestión de tiempo de que el contexto cambie en su contra, sea por iniciativa suya o no, lo que crea un círculo vicioso entre Pekín y las otras potencias en la región.  

En base a la dinámica de apertura anterior, la relación entre el nacionalismo y el panorama geopolítico resulta fundamental. China necesita una fuerza ideológica nacional que pueda servir como contrapeso contra los intereses externos y evitar que el país se desestabilice por las fricciones entre la costa y el gobierno central. Por ende, fomentar el nacionalismo chino es crucial para poder enfrentar tanto el deteriorado ambiente político-económico interno como el escenario geopolítico externo repleto de potencias y países regionales opositores y que cuenta con una fuerte presencia político-militar estadounidense.

Foto de la Brigada Anfibia de Despliegue Rápido de las Fuerzas de Defensa de Japón en formación durante ejercicio militar (US Marine Corps vía Wikimedia Commons)

La vecindad asiática

Es por ello por lo que, para mejor vislumbrar los problemas que enfrenta Xi y que contribuyeron a sus decisiones, es importante analizar el contexto geopolítico regional que se desarrolla a su alrededor. Ya que China se vuelve a encontrar ante una vecindad que geopolíticamente amenaza su seguridad nacional y prosperidad económica, algo a lo que se ha enfrentado en múltiples ocasiones en el pasado y ha engendrado una fuerte desconfianza en Pekín del mundo exterior. Dada su propia historia, los estadistas chinos no solo tienen razones para sentir un resentimiento hacia las potencias occidentales y las demás potencias en la región, sino tienen razones por las cuales sospechar sobre lo que podría desarrollarse a futuro. Esto explicaría los intentos por disminuir la dependencia de la economía China de los mercados exteriores, por eso su Estrategia de Doble Circulación anunciada en 2020, cuyo propósito era crear una economía autoresiliente y autodependiente.

Cuando Xi observa una economía con diferentes centros de poder en ascenso dentro del sector público y político como del privado, también ve un grupo de potencias con el interés geopolítico de dominar su coyuntura política-económica doméstica. (Los elementos que se cuajaron para generar las series de crisis que rompieron a China por su apertura se han estado desarrollando nuevamente.) Desde un sector empresarial privado cuyos lazos con Occidente son más importantes que su compromiso con Pekín para redistribuir la riqueza, como una élite política que difiere sobre cómo resolver las dificultades que aquejan a la nación hasta potencias con intereses económicos en el país, específicamente Japón o Estados Unidos.

Xi Jinping teme que se pudieran volver a repetir los desenlaces de la última apertura. Conforme China fue modernizando y mejorando sus capacidades militares para poder asegurar su defensa nacional y la continuidad de su prosperidad económica (fundamental para el primero), pero esto creó los mismos elementos que atentan contra otras naciones en la región, desde Japón y Corea del Sur hasta Vietnam y las Filipinas. En respuesta a las iniciativas militares chinas y la retórica nacionalista, estas mismas naciones han desarrollado las capacidades y las alianzas militares para poder contrarrestar una hipotética amenaza china, lo que en turno crea los mismos elementos con los que podrían amenazar a Pekín.

China ahora se enfrenta a un Japón con un impresionante proceso de remilitarización y un resurgente nacionalismo japonés. Paralelamente, otras naciones, como Corea del Sur, buscan mejorar sus capacidades militares de forma que podrían cambiar la balanza de poder en la región y tornarla más insegura. Por otro lado, su relación con Rusia no es una alianza estratégica, mucho menos una que sea ‘sin límites’, como algunos han mencionado. Su alianza con Rusia es endeble y su historia bilateral ha demostrado que ambos países presentan mayor amenaza a sus respectivas integridades territoriales y sus intereses geopolíticos que alguna fuerza que pueda afianzarlos o defenderlos en conjunto. El reciente acercamiento entre Rusia y Corea del Norte ha incomodado a China debido a que una mayor cooperación entre ambos países podría disminuir su capacidad de influenciar y moldear la situación en la península de Corea, aumentando las tensiones en la región por fuera del control de Pekín.

Así mismo, Rusia está atada en una guerra en Europa la cual ha debilitado sus capacidades y ha transformado el ambiente político centroasiático en su contra, algo que solo podría revertir por medios políticamente agresivos, que irían desde subversión política o económica hasta intervención militar. Debido a la historia bilateral entre Moscú y Pekín, la cual Wasielewski (2022) enfatiza que está repleta de conflictos territoriales, y el carácter reivindicativo del nacionalismo chino, un conflicto entre ambos Estados – el cual es más probable que una guerra entre Pekín y Washington – no podría ni debería descartarse. Históricamente, los rusos han girado su atención hacia Asia Pacífico siempre que se enfrentan con obstáculos geopolíticos impasables en Europa, si Ucrania resulta una pérdida total o incluso no pueden dominar el país en su totalidad, los rusos tendrán que redirigir sus esfuerzos hacia Eurasia y Asia Pacifico, especialmente tras perder influencia frente a sus oponentes en Asia Central.  

Japón de igual manera tendrá una necesidad en asegurar sus intereses económicos en China y el Mar Meridional Chino, debido a su imperativo geopolítico de asegurar las rutas comerciales marítimas y su necesidad económica de exportar su industria manufacturera nacional por problemas demográficos, algo que encuadra dentro del anterior imperativo geopolítico (Friedman, 2010). Ese mismo imperativo es lo que ha llevado a Japón a militarizar docenas de islas en Asia Pacífico e incrementar sus capacidades militares para un conflicto no con Rusia en el norte (como durante la Guerra Fría), sino con un hipotético oponente (China) militar en el sur (Lau & CNN, 2023).

Esto crea la posibilidad de que todos los países que cuentan o contarán con capacidades militares significativas dentro de los próximos 10 años podrían aprovechar una coyuntura de cierta inestabilidad en China o de división entre Pekín y la costa para imponer sus objetivos económicos y geopolíticos sobre China.

Conclusiones

Es así como Xi Jinping se ha convertido en líder represivo y ‘anti-reformista’ que da pie a que se creen semejanzas con el líder Mao. Claro, las circunstancias con las que Mao Zedong llegó al poder y las que tuvo que enfrentar son diferentes a las que Xi Jinping enfrenta hoy en día. Pero Mao tuvo el mismo enemigo nacional que Xi, la inestabilidad y división nacional. Mientras Mao tuvo que eliminarlos, Xi tendrá que luchar para evitarlos.

Al momento de su llegada al poder en 2013, Xi contaba con una economía cuyo milagroso crecimiento parecía no tener fin para muchos, aunque es posible que él mismo sabía que llegaría a su fin tarde o temprano. Intentó impulsar la economía aún más con la Iniciativa Ruta de Seda para propulsar el crecimiento y sentar las bases para poder crear un panorama exterior favorable, sin embargo, las circunstancias simplemente se lo impidieron, mientras su actuar limitó aún más su habilidad de amortiguar los riesgos. La pandemia del COVID-19 del 2020 sólo empeoró el escenario para su país y su gobierno, sacando a la luz cuantiosas fallas dentro del sistema económico chino y recreando un escenario de división y posible inestabilidad que crea cierto paralelismo con la apertura anterior, bajo nuevas dinámicas, pero con los mismos elementos fundamentales, intervención extranjera, división e inestabilidad en el interior.

Asegurar un tercer mandato en 2022, aunque pudo ayudar a que se cerciorará de tener un control significativo del sistema político chino, no ha podido asegurar firmemente su posición en el poder a largo plazo. Xi Jinping, al haber nacido en China y al haberse integrado a su sistema político, se convirtió en un producto de la historia y del contexto geopolítico de su nación y ha sido moldeado por dilemas que afronta esta misma, era de esperar que se volviera más autoritario bajo las actuales circunstancias.

Araujo, A.-A. (2024, 5 febrero). La vulnerabilidad de uno de los hombres más poderosos del mundo. Código Nexus. Recuperado 4 de marzo de 2024, de https://codigonexus.com/la-vulnerabilidad-de-uno-de-los-hombres-mas-poderosos-del-mundo/

Caruso-Cabrera, M. (2023, 19 septiembre). Xi’s economic policies are leaving many China watchers perplexed and confused. CNBC. Recuperado 4 de marzo de 2024, de https://www.cnbc.com/2023/09/20/xis-economic-policies-are-leaving-many-china-watchers-bewildered.html

Beja, F. B. (Ed.). (2010). Historia mínima de China. Ciudad de México, México: El Colegio de Mexico. https://doi.org/10.2307/j.ctv1x0kc0r

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Lau, C. & CNN. (2023, 17 marzo). Japan moves missile capable troops into remote island base as regional tensions rise. CNN. Recuperado 4 de marzo de 2024, de https://edition.cnn.com/2023/03/17/asia/japan-new-defense-base-disputed-islands-intl-hnk/index.html

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