Desde hace décadas, Rusia parece estar marcada por un creciente regionalismo, intensificado por la guerra de Afganistán y la posterior disolución de la Unión Soviética ―a la que resulta adecuado nombrar Imperio soviético―; y similar al modo en que en otros países el regionalismo, o una progresiva tendencia hacia este, dan la impresión de producir regímenes en donde prepondera una personalidad específica, la Federación Rusa parece seguir los mismos patrones. El carácter geopolítico regionalista del país, así como la naturaleza política de su régimen indican que Rusia encaja en la misma dinámica geopolítica de otros países que han experimentado regímenes similares en el pasado.
Aunque a través de la historia es posible identificar varios ejemplos que coinciden con este escenario, hay dos casos que llaman la atención, pues incluso pueden considerarse recientes al haber ocurrido durante aproximadamente el último siglo: el régimen del general Porfirio Díaz en México y el del mariscal Josip Broz ‘Tito’ en Yugoslavia.
En los tres casos ―Rusia, México y Yugoslavia―, el sistema político fue precedido por conflictos o crisis inestables que sentaron las bases de cómo funcionarían dichos regímenes, en los cuales una figura particular llegó a dominar el panorama político por medio de derrotar a sus contrincantes o de postularse como la mejor opción para liderar al país. Asimismo, los tres vivieron una época de gran éxito que se materializó en un impresionante grado de desarrollo económico, un notable empoderamiento militar y un orden político que aseguraría la paz. En otras palabras, surgió una Pax ‘personalizada’: en México fue la Pax Porfiriana; en Yugoslavia, la Pax Titoísta; y en el caso de la actual Rusia, podría ser designada como la Pax Putinista.
Los dos casos históricos tuvieron finales similares. Tan pronto el líder ‘omnipresente’ y ‘todopoderoso’ salió del escenario político nacional, ya sea por morir o autoexiliarse, los países rápidamente entraron en un periodo de conflictos armados internos, marcados por las divisiones y las rivalidades que los líderes habían logrado apaciguar. A esto hay que agregar que, en ambos casos, ciertos elementos apuntaban desde antes a que el deterioro de las instituciones políticas del régimen personalista era imparable.
Lo anterior abre la incógnita de si Rusia está siguiendo los mismos pasos del México porfirista y de Yugoslavia, además de hacer evidente la incertidumbre sobre qué podría suceder en Rusia después de Putin. En cierta forma, esto también ayudaría a plantear y responder otra interrogante: ¿existe un fenómeno político que pueda considerarse como la ‘maldición porfiriana’?
Así, el presente artículo tendrá los siguientes objetivos: 1) explicar cómo el regionalismo en un país genera este tipo de regímenes y qué los caracteriza estructuralmente; 2) exponer cómo es que los mismos se deterioran debido a ciertas vulnerabilidades innatas de sus sistemas políticos; 3) hablar de qué tipo de conflictos armados se pueden esperar en este tipo de crisis políticas sistémicas; y, por último, 4) reflexionar sobre el futuro que le espera a Rusia, si uno como el de México o uno como el de la ahora extinta Yugoslavia, e incluso si ese porvenir será una posible mezcla de ambos casos, priorizando el contexto geopolítico ruso.

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Los patriarcas del regionalismo
El regionalismo geopolítico está marcado por el ascenso y fortalecimiento de diversos centros de poder regionales, en ocasiones liderados por figuras como caciques, oligarcas o caudillos ―jefes de guerra―, quienes buscan asegurar sus intereses económicos y políticos centrados en sus propias regiones o siguiendo las dinámicas locales, pero no las nacionales. En los casos más extremos, estos se han materializado como líderes étnicos y nacionalistas que fomentan movimientos separatistas.
Estos contextos tienden a producir dos tipos de sistemas políticos de carácter patriarcal y patrimonialista: los regímenes autocráticos, dominados por un individuo, y los regímenes oligárquicos, dominados por un grupo político-militar reducido. Ambos surgen durante un periodo de regionalismo a partir de la necesidad geopolítica de poder administrar, manipular y subyugar a los diferentes grupos de poder nacionales y regionales, pues de lo contrario, el territorio estaría sufriendo contextos de inestabilidad y conflicto si esos grupos no tuvieran una estructura que los apaciguara y administrara sus relaciones. En otras palabras, el anarquismo surgiría por culpa de la inexistencia de una autoridad que impusiera un orden vertical de poder.
Dichos escenarios, por ende, dan pie a que surja una figura política con suficiente capital político o militar y con la capacidad de fungir como el mejor árbitro, debido a su destreza para engañar, manipular y orientar los esfuerzos de una red de grupos de intereses ―es decir, de la estructura de poder―, con el propósito de aplastar a cualquier grupo o personaje disidente. La democracia, ya sea social o liberal, y los sistemas políticos con un líder que quiere imponer por la vía armada la voluntad del gobierno central tienden a fracasar bajo estos contextos.
El primero falla a causa de la debilidad de las instituciones, ya que la prioridad es llenar los puestos de aliados ―o mejor dicho de camaradas―, lo cual genera fricciones; mientras, la propia democracia es incapaz de sancionar el uso de las vías armadas para cambiar el statu quo, ya que tampoco establece las bases de una jerarquía y la forma en la que los intereses de los grupos de poder serán satisfechos. El segundo fracasa, debido a que los centros de poder regionalistas siempre buscan rechazar la imposición de un centro político nacional empoderado ―esta es la razón por la que el proyecto nacional de los conservadores mexicanos perdió la lucha por el país en el siglo XIX―. Por ende, solo un sistema político en donde surja un líder capaz de manipular y de servir como árbitro ―aceptado por las diferentes facciones políticas― será el que tendrá éxito.
En medio de demasiados intereses en conflicto y las subsecuentes vulnerabilidades, el sistema político que tiene mayor facilidad de ser instaurado es uno de tinte patriarcal, donde un líder puede apaciguar rápidamente al país y lidiar con los desafíos que irán surgiendo. Esto, debido a que los intereses regionalistas y los conflictos abren la puerta a posibles incursiones, intervenciones o invasiones al país, por lo que el contexto nacional carece de todos los ingredientes geopolíticos necesarios para que pueda surgir una democracia ―lo que de hecho, toma décadas―. Lo mismo sucede con un régimen autoritario focalizado en un centro de poder central o nacional.
Estos tipos de regímenes en los que existe un líder que soluciona los problemas de todos y las disputas de las diferentes facciones y de los diversos grupos de interés, que no se apega necesariamente a una ideología ―si bien puede pertenecer a una corriente ideológica, no crea un gobierno únicamente con sus camaradas ideológicos― permite la fluidez necesaria para asegurar la paz de un país en tiempos de un contexto geopolítico caracterizado por la volatilidad regionalista. Es decir, surge un ‘padre’ que maneja el sistema político como un sistema ‘familiar’ autoritario, y cuya figura no solo es reconocida sino también aceptada, e incluso preferida gracias a su capacidad de proveer de paz y orden. Es el carácter patriarcal lo que le otorga la etiqueta de un régimen personalista: personalizado al estilo de liderazgo del funcionario.
Díaz: patriarca del liberalismo mexicano
El régimen personalista y patriarcal de Porfirio Díaz surgió a raíz de varias décadas de conflictos armados y pugnas políticas por el poder entre los conservadores y los liberales, así como entre las diversas facciones que había en los mismos bandos. Tras cuantiosas crisis, invasiones, guerras separatistas y una guerra civil que duró casi una década ―primero con la Guerra de Reforma (1858-1861) y luego con la Segunda Intervención Francesa (1861-1867)― y después de la muerte de Benito Juárez ―el otro patriarca liberal mexicano―, Porfirio Díaz llega al poder. Cabe destacar que su régimen no adquirió un carácter patriarcal sino hasta 1884, ocho años después de su primer arribo al mando de México, debido a que apenas se encontraba consolidando su poder (Garner, 2001/2017). Como apunte adicional, resulta interesante que Díaz, de origen oaxaqueño al igual que Benito Juárez, provino de uno de los estados que más reflejó la dinámica regionalista y liberal en México.
Su buen manejo de la economía y las finanzas públicas, la inexistencia de una verdadera oposición y su habilidad para manipular a los grupos de poder y a las diferentes figuras políticas en el país fueron los elementos que le ayudaron a consolidar su posición como el patriarca de México. Durante su mandato, Díaz crearía un sistema político con dos bases importantes: un aparato político basado en los contrapesos y uno de seguridad enfocado en la imposición del orden político.
El primero estaba compuesto por los gobernadores y los jefes políticos, puestos que se crearon para contrarrestarse entre sí, asegurando que ninguna persona tuviera un poder absoluto sobre un estado o región. Por otro lado, el aparato de seguridad tenía dos componentes: el primero era la Policía Rural que servía como una policía secreta para mantener el orden a un nivel localizado, reprimiendo cualquier disidencia social o política; el segundo era el Ejército Federal que, mediante el telegrama y los ferrocarriles, podía enterarse rápidamente de todo y trasladar tropas a diferentes partes del país para destruir cualquier fuerza sociopolítica que atentara contra la estructura de poder nacional o la integridad territorial del país (Schettino, 2016/2023). Esto se materializó a través de la represión de los yaquis en el norte y del movimiento separatista maya en la península de Yucatán (Garner, 2001/2017; Grillo, 2011/2012).
Durante su estancia en el poder, Porfirio Díaz instauraría el Porfiriato y lograría establecer lo que se acuñó como la Pax Porfiriana que, pese a la existencia de conflictos de baja intensidad nacional, aseguró una paz cuya duración México no había experimentado desde 1810, con el inicio de la Guerra de Independencia. El Porfiriato no solo concibió un orden nacional donde prevalecía la paz, sino que también tuvo éxito en el desarrollo económico, industrial y militar. Incluso, hay quienes argumentan que creó una clase media, la cual el propio Diaz pensaba que podría sostener una democracia a largo plazo, después de que se retirara (Schettino, 2016/2023).
Tito: patriarca de los Balcanes
En los Balcanes ―que a diferencia de México, nunca pudieron formar un Estado-nación, sino que hasta el día de hoy permanecen como una región con distintas etnias, nacionalidades y religiones que divergen entre sí―, después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) ―PGM―, las potencias ‘fabricaron’ Yugoslavia¹, y fue el desarrollo histórico del Estado el que dio paso a lo que se convertiría en el régimen patriarcal de Tito.
El país fue una construcción artificial que surgió de las dos guerras de los Balcanes ―en 1912 y 1913, respectivamente― y de la PGM. La primera serie de conflictos permitió el ascenso de las identidades nacionales en la región, quienes lucharon para expulsar al Imperio otomano de la zona, gracias a lo cual, tras siglos de una parálisis sociopolítica, lograron su independencia. Por su parte, la segunda serie de confrontaciones permite comprender mejor lo que significó el fin del dominio otomano, pues dio paso a la cuestión de cómo estructurar la región en términos geopolíticos.
Un año después de la segunda guerra en la región, los problemas identitarios fueron la chispa que daría inicio a la PGM (Friedman, 2010), ya que de manera similar a aquella en la que los eslavos expulsaron a los otomanos de los Balcanes, también buscaban expulsar a los austrohúngaros, los dos imperios que mantenían la paz. Por esta razón se creó Yugoslavia como un Estado artificial, con el propósito de apaciguar las rivalidades étnicas en los Balcanes y recrear la estabilidad y paz que había generado el dominio imperial otomano y austrohúngaro, con lo que
Un año después de la segunda guerra en la región, los problemas identitarios fueron la chispa que daría inicio a la PGM (Friedman, 2010), ya que de manera similar a aquella en la que los eslavos expulsaron a los otomanos de los Balcanes, también buscaban expulsar a los austrohúngaros, los dos imperios que mantenían la paz. Por esta razón se creó Yugoslavia como un Estado artificial, con el propósito de apaciguar las rivalidades étnicas en los Balcanes y recrear la estabilidad y paz que había generado el dominio imperial otomano y austrohúngaro, con lo que evitaría volver a ser un punto de inflexión geopolítico-militar que afectara a toda la Península Europea.
¹Entre 1918 y 1929 se conocía como el Reino de los serbios, croatas y eslovenos. Después de 1929 cambió al Reino de Yugoslavia.

Milicianos croatas y musulmanes luchan, junto con los alemanes, contra los partidarios de Tito. El combate tiene lugar en las montañas de Bosnia en 1944, en Yugoslavia, durante la Segunda Guerra Mundial (crédito: The Everett Collection vía Canva Pro).
Sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial ―SGM― (1939-1945), las irrupciones militares de la Italia fascista y, posteriormente, de la Alemania nazi en la región, volvieron a encender las rivalidades étnicas mediante una ruptura entre aquellos que se unieron al bando de los nazis, como los croatas, y aquellos que se convirtieron en la resistencia, como los serbios y la Liga Comunista, liderada por Josip Broz ‘Tito’ (Friedman, 2010). Una vez terminada la SGM, Tito lograría consolidar su poder sobre Yugoslavia al crear un régimen cuyo papel sería el de mantener estable a la región y hacer que retornara la paz a los Balcanes. Esto se debió a que para el momento en que Tito afianzó su poderío, fue claro que ninguna potencia extranjera lograría someter a los Balcanes, que en tan solo cincuenta años expulsaron a los otomanos, a los austrohúngaros, a los fascistas, a los nazis y a los soviéticos.
Fue en este contexto histórico en el cual surgió el régimen de Josip Broz ‘Tito’, quien rápidamente lograría aprovechar la dinámica geopolítica internacional bipolar de la Guerra Fría. La rivalidad soviética-estadounidense en cierta forma ayudó a apaciguar a Europa como nunca antes, debido a que los europeos ya no eran ‘libres de elegir su destino geopolítico’. Durante la Guerra Fría, los Balcanes fueron, a grandes rasgos, un campo de batalla por influencia entre Moscú y Washington. De esta forma, al haber creado un régimen comunista, Tito utilizó dos elementos para asegurar la paz en la región: en primer lugar, los diversos aparatos políticos y de seguridad comunistas que construyó y usó para afianzar su control del país, dominado en su mayoría por los serbios; en segundo lugar, la posibilidad de aprovechar los recursos financieros y militares que podría recibir de ambos bandos para mantener la economía a flote.
El primer elemento resulta importante para este análisis, dado que, similar al caso mexicano, una etnia dominó política y militarmente a Yugoslavia. Mientras que en México fueron ―y de hecho siguen siendo― los mestizos mexicanos, en Yugoslavia fueron los serbios, lo cual implicó que, hasta cierto punto, dicho Estado era un pseudo-Imperio serbio. Esto, sumado a que Tito logró construir un sistema político y económico comunista, facilitó que el predominio serbio no generara fricciones, en parte porque la estructura y el funcionamiento del régimen favorecía a todos, especialmente a una élite política comunista. Además, parecido al caso de Díaz, los rivales de Tito fueron debilitados o eliminados a causa de la SGM, con la derrota que sufrieron los nazis y los grupos que los habían respaldado, lo cual le facilitó a Tito consolidar el poder con poca resistencia.
Asimismo, jugar con ambos bandos ―el norteamericano y el soviético― le permitió asegurar la paz y prosperidad económica de la región. Sin embargo, al mismo tiempo, Tito se encargó de que los soviéticos no se volvieran una fuerza sociopolítica en la región, utilizando el cine mexicano para evitar las influencias políticas y culturales de los sectores de entretenimiento estadounidense y soviético. Durante su mandato, Tito jugó bien sus cartas, pues logró un crecimiento económico con capital ambas potencias mundiales, asegurando limitar las tensiones étnicas mediante el sistema económico comunista y el cine mexicano. Así, creó la Pax Titoísta al volverse indispensable para el régimen comunista yugoslavo.

Una fotografía de Francisco I. Madero con algunos líderes rebeldes en 1911 (crédito: Biblioteca del Congreso de EE.UU. vía Wikimedia Commons).
Vulnerabilidades innatas
Como se puede observar, ambos regímenes lograron sus propósitos geopolíticos. ¿Pero qué fue lo que provocó su fracaso si habían tenido tanto éxito? La respuesta recae en que estos logros se sostenían en bases endebles.
Por ejemplo, en el caso mexicano, los pilares y las instituciones porfiristas de las que dependía Díaz para asegurar la paz y el orden nacional comenzaron a debilitarse en torno a la primera década de 1900. Ante múltiples inconformidades entre varias figuras de poder y sus tensiones con otros líderes políticos o económicos en algunas partes del país, los aparatos del gobierno porfirista ―el político y el de seguridad― empezaron a ser incapaces de cumplir con sus funciones. Fue a partir de estos graves retos ―como una serie de motines que se desataron después de una huelga en 1907― que Díaz se dio cuenta de que su régimen estaba por llegar a su fin (Schettino, 2016/2023). En varias de estas minicrisis ―‘mini’ por su escala y concentración geográfica pequeñas―, la Policía Rural no intervino o no fue capaz de detenerlas, lo que llevó a que sus miembros incluso comenzaran a ser ejecutados por el Ejército Federal.
Más adelante, la crisis económica empeoró la situación y la incertidumbre dio paso a la necesidad de reemplazar al viejo caudillo que ya no podía con las tareas que se le estaban acumulando. El mismo Díaz ya no quería seguir lidiando con ello (Schettino, 2023). El problema fue que Francisco I. Madero no era una figura política que contara con lazos sólidos en las fuerzas armadas, por lo que no tenía la capacidad de asumir el papel del nuevo patriarca de la nación. El rechazo de Madero a la forma en la que Díaz manejaba la política nacional antes que él, llevó a que Victoriano Huerta, un porfirista, lo derrocara y ejecutara, ya que veía a Madero como una amenaza para la Pax Porfiriana.
En este punto se hace más evidente el problema fundamental del régimen porfirista: todo dependía de Díaz, en especial de su capacidad para garantizar un desarrollo económico constante que satisficiera a todos los grupos de poder en el país, así como de que sus instituciones se mantuvieran firmes ante cualquier crisis social o política y que él mismo siguiera al frente. Es decir, Díaz se enfrentó a una serie de problemas que fueron degradando su capacidad de respuesta y su habilidad para resolver los problemas rápidamente. Pero más importante aún fue que el patriarca ya no era apto para seguir con su deber, debido ya sea a problemas de vejez o a que no estaba dispuesto a continuar, lo cual generó una crisis de transición. Tan pronto como Huerta eliminó a quien veía como amenaza para la paz y el orden en México, terminó por sentar las bases de la destrucción definitiva del régimen al abrir la puerta a una lucha de poder entre los caudillos del país.
Por su parte, cuando Tito murió en 1980, dejó un régimen que dependía de dos factores. Uno era su figura de árbitro y el otro era el hecho de que el régimen comunista estaba sujeto al estatus político y económico de la Guerra Fría, por lo que se encontraba condicionado por el apoyo monetario tanto estadounidense como soviético. Si bien durante los siguientes once años, el régimen en Yugoslavia logró seguir funcionando, fue solo porque la Unión Soviética continuaba enviándole dinero al tratarse de un Estado comunista, mientras que Estados Unidos hacía lo propio, pero para crear un contrapeso contra la influencia soviética en la región.
Una vez finalizó la Guerra Fría con la disolución de la Unión Soviética, también lo hicieron los elementos necesarios para su continuidad, pues además, a lo largo de toda la década de 1980, Yugoslavia había vivido una grave crisis económica, lo cual debilitó a las instituciones comunistas socioeconómicas, y pronto, cuando el dinero dejó de llegar, las identidades nacionalistas comenzaron a florecer. Mientras que la SGM había dejado a los croatas debilitados, la Guerra Fría permitió su recuperación para que intentaran confrontar a los serbios, así que cuando se disolvió el Estado artificial de Yugoslavia, consiguientemente llegó a su fin el seudo-Imperio serbio. Sin un líder que pudiera asumir el papel de árbitro patriarcal, los conflictos regionales comenzaron a salirse de control y el contexto se volvió conflictivo.
Lo anterior no solo demuestra, sino que también argumenta la dependencia que tanto México como Yugoslavia tuvieron de sus respectivos patriarcas. Con los contextos planteados, las dos principales vulnerabilidades de ambos regímenes se hacen evidentes, ya que si bien resultó problemático que sus instituciones fueran endebles, la mayor debilidad era su dependencia hacia esas figuras que actuaban como los árbitros y manipuladores más aptos. Además, en el caso específico de Yugoslavia, se volvió innegable que estaba supeditada a un cierto grado de prosperidad económica que satisficiera a todos los grupos de poder involucrados, por lo que tenía una innata vulnerabilidad política y económica interna, así como una debilidad externa evidente, es decir, su necesidad del capital extranjero. La fusión de estos elementos y el fin de ambos regímenes tendría un resultado igualmente alarmante.
Asimismo, es importante reconocer otra característica fundamental de los regímenes patriarcales: su liderazgo central siempre goza de popularidad y es difícil derrocarlo directamente. Por ejemplo, cuando Madero intentó liderar un movimiento revolucionario armado en contra de Porfirio Díaz desde el norte, fue destrozado por una unidad de caballería federal (Schettino, 2016/2023). Ninguno de los patriarcas mencionados enfrentó algún reto social, político o de seguridad que realmente atentara contra su poder, porque siempre fueron los dirigentes preferidos. Al final, Tito murió por causas naturales a una edad avanzada y Díaz decidió retirarse, también por motivos de edad.
Como apunte adicional, es importante destacar que, en este tipo de régimen, los primeros que enfrentan amenazas reales son los liderazgos regionales o locales. Tanto en México como en Yugoslavia, los desafíos para la estabilidad y la eventual continuidad de los regímenes se gestaron a escala regional, para luego convertirse en una serie de crisis que atentaron contra la estabilidad nacional.

Diseño por Código Nexus (fuentes: Wikimedia Commons/Žorž Skrigin/Getty Images).
Las guerras de ‘todos contra todos’
A raíz de la caída de los regímenes personalizados, tanto México como Yugoslavia fueron testigos de guerras que coloquialmente se denominan de ‘todos contra todos’. En el caso mexicano, los principales involucrados eran caudillos inconformes con la estructura de poder, que buscaban cambiar ciertos aspectos políticos y económicos, y pese a que existían algunas ‘buenas intenciones’, los intereses socioeconómicos estaban opacados por los intereses de poder de dichos caudillos. En el caso yugoslavo, los principales involucrados eran los líderes nacionalistas: por un lado, los que buscaban su independencia y, por otro, los serbios que deseaban recuperar su dominio político-militar imperial.
En ambos contextos ya existían armas y ejércitos, grandes o pequeños según el bando, con la capacidad de emprender estas guerras. Sin embargo, más significativo aún fue el hecho de que los ejércitos nacionales ―el Ejército Federal Mexicano y el Ejército Popular Yugoslavo― se habían disuelto entre las facciones que marcaron los conflictos. En el caso yugoslavo, lo hicieron entre las diferentes etnias; mientras que en el mexicano fue entre las líneas políticas, dependiendo del caudillo al que apoyaran. Por otro lado, las armas que pudieron adquirir provenían del contrabando o del robo de depósitos de armas. En conjunto, este panorama de un ejército nacional institucionalmente débil o la existencia de varios grupos paramilitares es característico de países que se encuentran en contextos geopolíticos regionalizados.
En ambos casos, las guerras causaron la muerte directa o indirectamente ―debido a impactos colaterales como enfermedades o hambrunas― de decenas de miles de personas, estadísticas que empeoran al considerar la población total de ambos países. En las guerras yugoslavas murieron alrededor de 300,000 personas y otras dos millones fueron forzadas a huir como refugiados hacia otras partes de Europa (Ullman, 1997). En México, se estima que murieron cerca de 500,000, tanto por la violencia armada como por el impacto de epidemias en el territorio, estas últimas, consecuencia del impacto de la guerra y la inestabilidad en el sistema de salud nacional, según el historiador mexicano Javier Garciadiego (El Colegio Nacional, 2020). Cabe destacar que, por la superioridad de armamento y tecnología militar, así como de las dimensiones de combate ―terrestre, naval y aéreo― y las prácticas de violencia social ―campos de concentración, ejecuciones masivas, genocidios o limpiezas étnicas―, las muertes en las guerras yugoslavas superaron a las de la guerra civil mexicana ―conocida como Revolución Mexicana―.
En México, la guerra no terminó sino hasta que la mayoría de los caudillos involucrados murieron y los sobrevivientes lograron apaciguar la situación. En los Balcanes fue un caso totalmente distinto. Las guerras yugoslavas concluyeron solo tras la intervención militar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), es decir, la intromisión estadounidense que buscaba evitar la consolidación del dominio hegemónico regional serbio.

Foto de la bandera de la Federación Rusa encima de una torre en la embajada rusa en Berlín, Alemania (crédito: Terroa de Getty Images vía Canva Pro).
El futuro de Rusia: ¿el camino mexicano o el camino yugoslavo?
Todo lo expuesto conduce a la actual situación de Rusia, pero antes es necesario una aclaración: aunque se pretendiera afirmar que la disolución de la Unión Soviética puede funcionar como ejemplo para lo que Rusia tiene en su porvenir, la realidad es que el caso soviético no es comparable. Por un lado, porque en la Unión Soviética existían menos fuerzas de seguridad paramilitares y menos grupos de poder con la capacidad de reunir lo necesario para iniciar una guerra civil con un carácter de ‘todos contra todos’.
Por otro lado, Rusia experimentó una crisis marcada por conflictos económicos y una situación de inseguridad en la que las mafias comenzaron a contratar a exmilitares, específicamente exspetsnaz ―llegando al punto, incluso, de que los bancos pagaban a dichas mafias por la seguridad que podían brindarles― (Fernández, 2022). Si bien fue una crisis en la que Rusia tuvo que combatir contra los chechenos para evitar que su éxito se propagara como efecto dominó, en el resto de la Federación Rusa nunca escaló al grado de una guerra civil como la mexicana o la yugoslava (Galeotti, 2022), por lo que, en cierta medida, esta fue una crisis ‘controlada’ y se evitó el peor escenario posible.
En resumen, el contexto político ruso en la época soviética no era el de un régimen personalista patriarcal. Pese a que sus principales líderes políticos actuaban como dictadores y dominaban el poder en el Imperio soviético, creando una cúpula de poder propia, el sistema político era aún más complejo. Los conflictos armados que sí se produjeron, sucedieron en áreas geográficas específicas y contra grupos concretos, como en el Cáucaso Norte, donde se enfrentaron a los separatistas chechenos. De igual forma, la disolución del bloque comunista y de la propia Unión Soviética sucedió sin conflictos, debido a que Rusia carecía de la capacidad política, militar y económica para intentar mantener al Imperio soviético unido y evitar el desprendimiento de las repúblicas soviéticas. De tal modo que, al analizar el contexto geopolítico ruso, es posible identificar dos particularidades que ayudarán a determinar el futuro que le depara a Rusia, posterior al régimen de Vladimir Putin, en especial, comparándolas con los casos mexicano y yugoslavo, respectivamente.
A primera vista, México y Rusia son diferentes, no obstante, hay ciertas características compartidas, así como una tendencia peculiar que genera preocupaciones sobre lo que le espera a Rusia. En primer lugar, ambos países son ‘imperios’: México gobierna un territorio que, históricamente, ha sido gobernado solo por imperios, tanto el olmeca y el tolteca como el español, lo que explica el motivo de las luchas contra diversos movimientos separatistas como el de los mayas en Yucatán. Rusia, por su parte, es actualmente un imperio, aunque con diferente nombre ―Federación Rusa―, manteniendo el control sobre territorios que el Imperio ruso había conquistado, y por los cuales tuvo que luchar contra los chechenos para evitar perder más. En segundo lugar, ambos países han tenido un proceso geopolítico interesante. México ha vivido una época de regionalismo por 200 años, sin embargo, su proceso político apunta a que ha ido evolucionando, no empeorando como en el caso ruso.
Después del Porfiriato, en México surgió el Partido Revolucionario Institucional, un régimen de múltiples características: híbrido, pues contaba con instituciones democráticas con funciones autocráticas; corporativista, ya que poseía una estructura de poder que incluía a varios actores ―el partido, sindicatos, empresarios, policías secretas, etcétera―; y unipartidista. En cierta forma, el PRI y su régimen del siglo XX representaron una mejora considerable al haber creado un sistema político complejo y multidimensional que logró dominar al país mucho mejor que Porfirio Díaz o sus sucesores neoporfiristas, como Plutarco Elías Calles. México, prácticamente, pasó de un estado de anarquía e inestabilidad al de un régimen patriarcal, después a un régimen unipartidista y, en la actualidad, se encuentra transicionando a un Estado nacional dominante, es decir, un gobierno central fuerte.
En contraste, Rusia ha experimentado varios siglos de centralismo, pero en los últimos cien años su contexto geopolítico ha ido deteriorándose, ya que pasó de una monarquía absolutista con un gobierno central fuerte por encima de los centros de poder regionales, a un Estado unipartidista y, en tiempos más recientes, a un régimen patriarcal, con Vladimir Putin al frente. Mientras México ha avanzado geopolíticamente, Rusia ha retrocedido.
La similitud compartida entre Yugoslavia y Rusia recae en que, igual que con el caso mexicano, ambos eran imperios, sin embargo, el componente étnico ha jugado un papel mucho más destacado y activo en los conflictos que han experimentado ―situación que no ocurrió en México, debido a que sus etnias han sido minorías sin la capacidad de retar al Estado―. Para Rusia, esto significa que las etnias son un elemento crucial a considerar, ya que el Estado corre el riesgo de desintegrarse, justo como ocurrió con Yugoslavia. Aunque Rusia es una entidad histórica con siglos de existencia, al igual que Serbia, sus propios imperios no lo son, lo cual implica que puede perder su territorio, similar al caso del seudo-Imperio serbio en Yugoslavia, con un control territorial reducido a sus fronteras étnicas.
Tomando en consideración estos contextos y las tendencias geopolíticas que definieron el rumbo de México y Yugoslavia, y la forma en que se comparan con Rusia, el país eurasiático no solo parece tener un futuro poco alentador, sino que su situación es incluso más grave que la de los dos primeros, ya que combina los aspectos políticos y militares de ambos, sumado a una historia en la que es notoria la violencia sistémica.

El presidente ruso Vladimir Putin, durante una reunión con el primer ministro japonés Shinzo Abe (crédito: Servicio de Prensa del Presidente de Rusia vía Wikimedia Commons).
El Patriarca Ruso
Vladimir Putin llegó al poder en Rusia porque la primera guerra chechena, la inseguridad, la inestabilidad política y la crisis económica destruyeron al régimen seudoliberal y debilitaron a los tecnócratas liberales. Putin fue quien mejor manipuló la situación a su favor ―al igual que Díaz y Tito― y fue a quien aceptaron como su árbitro político en el Kremlin los diferentes grupos de poder rusos ―oligarcas, caudillos, líderes étnicos, políticos, entre otros― en el año 2000. Es decir, los detonantes que dieron paso a su llegada al poder fueron crisis devastadoras que debilitaron a sus oponentes y permitieron su ascenso como árbitro manipulador.
Eso, aunado a favorables circunstancias económicas y su habilidad para apaciguar a Rusia, permitieron que el país se recuperará económica y políticamente. Asimismo, Putin logró enviar un ejército ruso a Chechenia que, tras aprender de sus errores y mejorar considerablemente, fue capaz de recuperar el territorio perdido en la década de 1990 (Galeotti, 2022). En pocas palabras, el patriarca había cumplido con sus objetivos, y por ende, con sus promesas a los grupos de poder. A esto debe añadirse un favorable ambiente económico internacional previo a 2008, periodo durante el cual Alemania buscó forjar fuertes lazos económicos con Rusia, llegando incluso a buscar crear una asociación estratégica económica entre la Unión Europea y la Federación Rusa.
No obstante, todo ha ido en detrimento desde entonces para Putin, especialmente tras la invasión de Georgia en 2008 y la posterior respuesta a una revolución sociopolítica de Ucrania, cuyos cuerpos de seguridad no lograron prever ni detener la anexión de Crimea en 2014. Estos eventos han conducido a peores condiciones económicas, pero, a pesar de todo, la economía rusa logró resistir a partir de las sanciones de dicho año. En 2022, sin embargo, Putin tomó la decisión de invadir Ucrania, una resolución que sellaría su destino y el de Rusia.
Un régimen patriarcal llevado al extremo en un mundo peligroso
Tras su llegada al poder en el año 2000, Putin ha construido un régimen patriarcal personalista. Es evidente que el líder ruso ha transformado la Pax Russika por la Pax Putinista, lo que implica un serio debilitamiento del régimen e imperio ruso, pero su fragilidad va más allá de crear un régimen de estas características. La segunda guerra de Chechenia y la región en sí misma son cruciales para comprender el panorama.
Por un lado, las guerras chechenas dejaron devastado al Ejército ruso, al cual le tomó más de una década recuperarse después de la revancha rusa de la Segunda Guerra Chechena, de acuerdo con el analista de seguridad internacional Philip Wasielewski (Foreign Policy Research Institute, 2023). Por otro lado, si bien los rusos ganaron la guerra por sus tácticas brutales contra los independentistas chechenos, también se debió a un acuerdo político con la dinastía Kadírov. Ambos son indicativos de la vulnerabilidad del régimen de Putin y de una tendencia regionalista en el país. Cuando el Estado central pierde fuerza, comienza a necesitar del apoyo de líderes locales con quienes puede formar acuerdos o alianzas. Rusia no habría ganado la guerra sin sus aliados chechenos.

Reunión entre Vladimir Putin y Alexander Lukashenko en Ufá (crédito: Oficina de Prensa e Información de la Presidencia Rusa vía Wikimedia Commons).
Después de una década de recuperación, el Ejército ruso nuevamente ha sido destruido en Ucrania al perder a la mayor parte de su ejército profesional, e incluso podría argumentarse que ha sido desmodernizado, lo cual fuerza a los rusos a depender de tecnología militar soviética o del contrabando para que su industria militar logre subsistir (Araujo, 2023). Peor aún es el hecho de que algunos de los aliados de Putin, como el presidente de Bielorrusia Aleksandr Lukashenko y el jefe de la República de Chechenia Ramzán Kadírov, o tienen una edad avanzada, como el primero, con 70 años, o tienen problemas de salud, como el segundo ―la situación de Putin es similar, pues tiene 71 años―. Además, todos sus aliados afrontan problemas políticos, Lukashenko, por ejemplo, necesitó de la ayuda rusa para mantenerse en el poder en 2020.
Pero el mayor problema para Rusia es Kadírov, cuya salud ha empeorado considerablemente en los últimos años, y no existe algún sucesor que pueda ocupar su cargo en Chechenia. Según Galeotti en una entrevista con Times Radio (2024a), esto siembra la duda sobre lo que sucederá con los diferentes grupos paramilitares una vez muera el caudillo checheno, ya que su lealtad es exclusiva hacia Kadírov, no a Moscú. Si el problema checheno resurge, mientras Rusia siga debilitada militarmente por la Guerra de Ucrania, ¿qué podría pasar?
En los últimos catorce años, los riesgos asumidos por Putin han sido excesivos, sin que esto derivase en buenos resultados. En el contexto de 2024, la economía y las finanzas del gobierno ruso fueron azotadas fuertemente por las sanciones, mientras que, como ya se mencionó, su Ejército sufrió de un deterioro y desmodernización críticas en Ucrania y, para colmo, una cantidad considerable de fuerzas ucranianas se han adentrado profundamente en territorio ruso. De alguna manera, todo aquello que Putin debía evitar o arreglar, ha empeorado en una escala devastadora durante los últimos tres años.
Esto se suma al hecho de que el gobierno ruso ha creado múltiples grupos armados privados, estatales y étnicos que funcionan más como ejércitos exclusivos de sus líderes directos que como fuerzas profesionales del aparato estatal ruso desde el 2000 (Wasielewski, 2022). En conjunto, la Federación Rusa se encuentra en graves problemas y con una alta cantidad de fuerzas paramilitares étnicas y políticas.
Por lo visto, el análisis del contexto sugiere dos cosas: que el régimen de Putin es uno patriarcal personalista llevado al extremo y que Rusia no seguirá los pasos de México ni de Yugoslavia sino una mezcla de ambos. Si el mandatario logra permanecer en el cargo después de ser derrotado en la guerra de Ucrania ―lo cual sería sorprendente, dados los antecedentes históricos de lo que le sucede a un líder ruso tras perder una guerra―, su régimen y Rusia no podrán evitar el destino que les espera. El país se enfrentaría ante múltiples escenarios: Putin podría ser forzado a abandonar el poder y, posteriormente, ser exiliado o incluso decidir autoexiliarse; también cabe la posibilidad de que muera, ya sea ejecutado o por causas naturales relacionadas con su edad o cualquier dificultad médica o, en la misma línea, su mente podría deteriorarse con el tiempo, lo que no le permitiría continuar con sus funciones de patriarca. Sea el escenario que sea, la realidad es que perder a Putin supondría perder al árbitro que mantiene bajo control a las diversas facciones en el Kremlin.
Aunado a todo lo anterior, es necesario señalar que, desde hace aproximadamente 120 años, Rusia se encuentra en declive como potencia y, durante las últimas cuatro décadas, ha seguido una creciente tendencia hacia el regionalismo, lo que se vuelve evidente si se compara al país con la experiencia histórica y geopolítica de México. Aún así, y en contraste con Yugoslavia, en el escenario ruso no solo estarán involucradas las etnias al interior del territorio, sino que también lo harán actores externos y diferentes caudillos y caciques rusos con sus propios ejércitos personales o hasta los diversos grupos de poder con sus ejércitos privados. Prigozhin fue el primero en romperse con la guerra de Ucrania, pero aun cuando esta termine lo más pronto posible, los retos no dejarán de surgir y un motín por Wagner podría ser sucedido por una insurrección a manos de los grupos paramilitares chechenos, cuya lealtad se encuentra con Kadírov, quien podría morir debido a sus dificultades médicas (Times Radio, 2024a).

Kenes ―Kenges― Rakishev y combatientes de Ramzán Kadírov. En la foto, Kenes Rakishev está a la izquierda de Ramzan Kadirov (crédito: Thomas Morrison vía Wikimedia Commons).
Cualquier crisis en Rusia implicaría una confrontación entre varios caudillos, grupos de poder, centros de poder regionalistas y movimientos separatistas étnicos. Aunque la popularidad de Putin es indiscutible, ya hay manifestaciones en contra de líderes políticos regionales y locales. Asimismo, la rivalidad entre algunos líderes regionales está empeorando, principalmente en el Cáucaso Norte, lo que indica que dos de los primeros ingredientes para una crisis posrégimen patriarcal ya son una realidad: debilidad de liderazgos regionales y una grave crisis económica.
Sin embargo, la Federación Rusa posee un factor previo a la crisis que la coloca en una posición más vulnerable que en la que se encontraron México y Yugoslavia. Su Ejército nacional ha sufrido una derrota humillante en Ucrania, algo que tendrá repercusiones en la reputación e imagen de este y afectará su capacidad de imponer la voluntad de Moscú o de mantener a raya a fuerzas regionalistas, debido a que ya no podrá presentarse como una fuerza militar poderosa. La derrota le costará grave al país, debido a que su Ejército es ―junto con las agencias de inteligencia rusas, que también han sufrido graves derrotas― la principal institución que mantiene a Rusia unida.
En último lugar, a estos hechos se agrega otro factor importante: cuando México entró en crisis con el fin del Porfiriato y vivió una guerra civil que se convertiría en la Revolución Mexicana, los estadounidenses intervinieron militarmente con incursiones y la toma de la ciudad de Veracruz. En Yugoslavia, varios actores extranjeros enviaron dinero y armas a los diferentes bandos en las guerras yugoslavas, dependiendo de su etnia o su religión. Si Rusia entrara en crisis, su inestabilidad afectaría a los países vecinos, los cuales ya no serán Estados débiles, pues al oeste están Polonia y Ucrania; al suroeste, Turquía ―Irán no está posicionado para aprovechar la dinámica, debido a la transición interna que se aproxima―; al sur, el Estado Islámico de Jorasán ―y los chechenos― y Kazajistán; y al este, se encuentran China y Japón.
Si alguna potencia tuviera el interés y estuviera dispuesta a invertir los recursos necesarios, Rusia tendría la posibilidad de permanecer unida. Este papel podría ser asumido por Estados Unidos, mas no hay que olvidar que el país no es una potencia todopoderosa. Es hegemónica en el escenario internacional porque nadie más puede retarlos, pero no porque los estadounidenses puedan decidir qué sucede en todo el mundo. Ningún país en la historia ha podido lograr eso por completo.
De igual manera, China y otras naciones, como Polonia o Ucrania, tendrán un gran interés en proteger sus intereses de cualquier crisis pos-Putin. Cuando Rusia experimentó un periodo de debilidad, antes de que surgiera su imperio mediante el centralismo, sufrió invasiones por parte de los vikingos nórdicos, los suecos, los polaco-lituanos, los jázaros, los mongoles y varios grupos más. Lo mismo sucedió con la guerra civil posterior a la Revolución Bolchevique, cuando los japoneses, los británicos, los estadounidenses y los franceses intervinieron en Rusia. En la actualidad, un punto vulnerable podría nacer del hecho de que el país todavía posee territorio que China considera suyo (Wasielewski, 2022). Al igual que otros imperios a lo largo de la historia, oficiales o no, Rusia podría estar en peligro de convertirse en un paraíso de cazadores furtivos geopolíticos, como ya lo ha expuesto el autor Friedman (2010).
Aunque algunos especialistas apuntan a que alguien más peligroso y sofisticado podría reemplazar a Putin, es difícil que este sea el caso en países que están entrando de lleno en sus ciclos geopolíticos de regionalismo. Ni Porfirio Díaz ni Josip Broz ‘Tito’ encontraron a alguien capaz de asumir su rol, y resultó difícil que otra persona fuera aceptada de forma unánime por los diferentes grupos de poder. Sería sorprendente que Rusia logrará hallar un reemplazo al patriarca actual. A partir de los antecedentes en México y Yugoslavia, e incluso de lo sucedido en países como Libia, Irak y Siria, es factible prever que la ‘maldición porfiriana’ finalmente alcanzará a Rusia.
¿Existe alguna luz al final del túnel?
Con todo lo anterior, parece inevitable que Rusia se encamine hacia una época oscura; sin embargo, la realidad es que una vez pierda su imperio, todavía podría encontrar la luz al final del túnel, y un nuevo gobierno ―uno sin la generación de imperialistas― tendría la oportunidad de surgir, centrado únicamente en proteger a los remanentes de Rusia. Esto sería algo que quizá Estados Unidos podría apoyar, con el propósito de generar un contrapeso para las nuevas potencias que estarán al acecho de la región. Si bien este escenario parece irracional, dada la historia rusa de los últimos siglos, cabe reconocer que Galeotti, en entrevista con Times Radio (2024b), hace hincapié en la existencia de una nueva generación sociopolítica rusa que no busca mantener al imperio, sino simplemente ocuparse de generar riqueza.
Es claro que los obstáculos serán inmensos, tanto política como geopolíticamente, y antes de que exista una mejora, Rusia tendrá que luchar para sobrevivir y hasta para intentar retener la mayor cantidad de territorio posible. Además, la situación en el país solo se apaciguará una vez que la mayoría de los caudillos y sus ejércitos privados sean derrotados y subyugados. En México, el régimen que se construyó posterior a la Revolución Mexicana fue uno de tendencia porfirista, pero que se caracterizó por ser endeble, lo cual quedó en evidencia cuando fue reemplazado en 1936, a partir del golpe de Estado que dio paso al nuevo régimen unipartidista. Lo que podría deparar a Rusia es que un nacionalista de la corriente de Putin o de los grupos de poder más parecidos al suyo, logre estabilizar al país, aunque la necesidad de concretar un acercamiento estratégico y económico con Estados Unidos y Alemania podría influir en que un nuevo liderazgo más liberal o antimperialista comience a tomar forma en Rusia.
Si bien este escenario puede parecer muy distante de la realidad, es importante no olvidar que, tras la Segunda Guerra Mundial, el gobierno estadounidense fortaleció económicamente a dos naciones que habían perdido su imperio o sus ganancias territoriales imperialistas (Friedman, 2023). Tanto en Alemania como en Japón, Estados Unidos se vio en la necesidad de permitir la permanencia en el gobierno de exmiembros del régimen nazi y de la cúpula militar japonesa. Históricamente, este ha sido el camino elegido por Estados Unidos, y aunque no haya implementado dicha táctica geopolítica en Rusia posterior a la caída de la Unión Soviética, la nación que emergerá de las futuras crisis rusas no será un imperio que pueda amenazar al gobierno estadounidense, pero sí podría ser una pieza clave para establecer contrapesos ante potencias regionales empoderadas, con el propósito de una última configuración del Imperio ruso, algo que marcará el fin de una época geopolítica dominada por Rusia y Estados Unidos, y en la que el Reino Unido y Francia podían figurar como potencias formidables.
Referencias
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